viernes, 6 de enero de 2012

Con viento sur



El Taller Forma y Sonido (Facultad de Artes-UR), coordinado por Lukas Kühne y Fabrice Lengronne, presentó el 13 de diciembre pasado su proyecto Peatonalidad montevideana. Mientras lo permitió la lluvia, un dispositivo sonoro recorrió los poco más de dos mil metros que distan de la Puerta de la Ciudadela hasta el final de la escollera Sarandí.

El mínimo equipamiento lo integran un carrito que transporta un parlante, un amplificador alimentado por la batería de un auto, y un pequeño reproductor de audio digital.

Desde allí, en un crescendo de pianissimo a forte, que luego decrece, surgían los parciales incisivos y grumosos, generados por una especie de flauta imaginaria de dimensiones idénticas al recorrido; la que debiera figurar en las guías de instrumentos improbables y en los foros de organología fantástica.

No ha sido posible aun determinar la naturaleza del instrumento.
El primer inconveniente es clasificar su
embocadura,
anteriormente entendida como una entrada de
ciudadela del siglo XVIII.


Los sonidos, realizados por medios electrónicos, mantienen estricta correspondencia con la proporción existente entre las calles perpendiculares a Sarandí. Durante casi una hora de recorrido, se escuchó el sonido correspondiente a cada cruce, una escala descendente de dieciocho alturas, desde Bacacay, hasta Río de la Plata adentro.

En algunos cruces llenó el fondo auditivo, convirtiéndose por segundos en plena figura perceptiva. Sin embargo la intervención conduce, al mismo tiempo, al interés por la audición del material sonoro preexistente en el lugar. Las marcas sonoras se compusieron junto a la instalación marchante y las personas que pasaban por allí: sus pasos, la caída de agua de una fuente, la lluvia, las voces y músicas de los comercios, y finalmente el viento, las olas, su choque en la escollera, y motores de barco y alarmas que llegaban suavemente del puerto.


El clima no acompañó, y como es de rigor en esos casos, tampoco el público. Nos acercamos a la performance algunos concurrentes al Taller y al SOCO festival de música contemporánea, que se realizó en Uruguay durante esa semana. Allí estábamos, entre otros quienes conectaron con la propuesta por sorpresa o decisión, un martes lluvioso de diciembre, a las diez de la mañana.

Fue un buen momento.


uno


dos


tres


cuatro


cinco

seis

siete


ocho


sábado, 3 de diciembre de 2011

Oscar Rorra. Victor, Bs. As. 1925


Modistita
. Tango. (C. Matino - E. C. Sotelo) Orq. Eduardo Pereyra
http://www.goear.com/listen/9fbfa13/modistita-oscar-rorra
Amor de pierrot. Shimmy. (Salvador Granata) Orq. Adolfo Carabelli Jazz Band
http://www.goear.com/listen/4d4f0c9/amor-de-pierrot-oscar-rorra

viernes, 11 de noviembre de 2011

Cantor de afroamérica

Johannes Stenger, 2011
Publicado en revista Proscenio Montevideo, nº2. Paréntesis Editora.



El cantante uruguayo Oscar Rorra fue llamado “Caruso negro” por sus contemporáneos. El muchachito humilde se formó en los tambores de candombe y cuando fue un joven galán, dejó una huella en el tango. Años más tarde, y fruto del peregrinaje, se dedicaría a las músicas del Caribe.


Oscar Rorra1 (Montevideo, 152 o 173-VIII-1890; Buenos Aires, 6-IV-1950) recorrió dos etapas en su vida de cantante nómade, dedicándose en cada una de ellas a repertorios diferentes. Estos momentos estilísticamente distantes, estuvieron unidos, sin embargo, por el ancho tronco común del mestizaje negro americano.

Se inició en el canto, la percusión y el baile en la comparsa de candombe Los guerreros del Sur, histórico conjunto de tambores del barrio Sur montevideano. Su carrera profesional comenzó hacia 1915, y tuvo destacada actuación hasta 1930 en ambas márgenes del Plata4. En aquellos años interpretaba tangos, maxixas y arias líricas por entonces en boga.

Inauguró otra etapa al ir a vivir a Europa durante siete años, entre 1931 y 1938. Radicado primero en España y finalmente en Francia. Junto al nuevo escenario geográfico, sobrevino un cambio de vehículo expresivo. Dedicó sus siguientes veinte años de vida al cultivo de especies musicales caribeñas, cancionero laureado en el viejo mundo y adoptado para sí como blasón africanista.

Desde niño en las calles del Sur, y por el Bajo montevideano, vendió números de lotería. Entre pregón y canciones fue gestando una vida dedicada al canto profesional y la actuación. Mientras trabajaba de mensajero para un negocio, el dueño del comercio le pagó algunas lecciones de canto en un conservatorio5.

Repasar algunos nombres del movimiento artístico que integró en su juventud ayudará a ubicarlo en su contexto originario. Cantó en radios y cines acompañado por los pianistas Horacio Pintín Castellanos y Adolfo Mondino, y compartió cartel con Luis Viapiana. En Buenos Aires lo acompañaron las orquestas típicas de Alfonso Ramiro Lacueva y Antonio Scatasso, y la orquesta jazz de Adolfo Carabelli.

Interpretó y estrenó piezas de figuras señeras de la canción, como Salvador Granata, Juan de Dios Filiberto y Sebastián Piana, y formó parte de un promocionado colectivo de músicos que le ofreció homenaje a la cancionista Rosita Quiroga, por radio Imparcial de Montevideo en 19276.

Aunque Rorra no desarrolló su faceta de compositor, vale mencionar que existe la partitura de una maxixa carnavalera, titulada Cosas de negros, en autoría compartida con el pianista Luis Suanno.

No obstante, las noticias fechadas durante sus años en Europa lo promocionaban como intérprete de canciones cubanas, llegando a ser presentado en el teatro Novedades de Barcelona como “cantador cubano7.

Viajó a España en 1931, cuando se vivía el apogeo de las danzas cubanas. Habían arribado a la Iberia por directa influencia de su ex-colonia, y con el sello de París, exportadora de todas las modas. En la década de 1910, la Ciudad Luz hizo irrumpir mundialmente al tango, mientras en las décadas siguientes, las músicas afrocaribeñas y en alguna medida las afronorteamericanas, se harían cosmopolitas por la misma vía.

En aquel entonces Rorra fue admirado o, cuando menos, trabajó dignamente en sinnúmero de espectáculos de variedades. A su regreso al Río de la Plata en 1938, contrariamente a lo esperado, no le fue fácil reinsertarse. Tal vez fue el costo de la separación de su medio, o quizás fueron otras las razones.

A su regreso le preguntaron: “-¿Siempre el tango? -No; dediqué preferente atención a las canciones que dicen el dolor de la raza negra. Traigo cosas estupendas en ese género8. Se trataba de temas como Moreno, Lamento esclavo y Tabú, verdaderos hits del momento.

Pero si el relato del tango recuerda mal y poco la primera etapa, no existen prácticamente noticias de su trabajo posterior a 1938, dedicado a las músicas del Caribe.


Recorte de prensa. s/d

De regreso a Montevideo, Rorra actuó en su país. Luego en Chile y en Argentina, donde se radicó y afilió como chansonier a la Asociación Argentina de Artistas Circenses y al Sindicato Argentino de Espectáculo Público, viajando esporádicamente a Montevideo para visitar a su familia.

Desde inicios de la década de 1930, la conga, el son y la rumba, tuvieron creciente difusión en Montevideo. Como señaló Marita Fornaro, los ritmos cubanos comenzaron a incluirse en los repertorios de las orquestas de bailes, con temas como ¡Ay mama Inés! o El Tamalero. Al inicio de la década siguiente, aparecen dos rumbas en un cancionero titulado Mascarada de 1940. Una de la murga La Milonga Nacional, y otra, del Conjunto Cubano `Sones, Rumbas y Maracas´, de quienes hay además un son. También una rumba y una conga en el repertorio de las máscaras sueltas Palán Palán, y un híbrido de pericón rumbeado de la murga Asaltantes con patente9.

Hacia 1940 Rorra formó filas entre los intérpretes de la música afrocubana. Pero veinte años antes, ¿qué sucedió?

El tango

El compositor y director porteño Vicente Greco (1886-1924), fue quien creó la categoría orquesta típica, para caracterizar a los conjuntos musicales consagrados a la ejecución del tango. En 1911, la Casa Tagini, representante de Columbia en Buenos Aires, impulsó la grabación de discos, contratando a Greco para grabar tangos10.

Antes “los bailes populares eran amenizados por bandas, rondallas, y conjuntos musicales de variada composición y heterogéneo repertorio danzante. Se tocaban polcas, valses, mazurcas, chotis, tarantelas, pasodobles y, naturalmente, tangos11. Para diferenciarse de estos grupos, y de cara a la incipiente industria, Greco adoptó el nombre de orquesta típica criolla.

Una década después, las orquestas urbanas que abordaban el resto del repertorio de moda eran denominadas jazz. En los años veinte, salvo excepciones, no hubo divisiones abruptas entre sus repertorios. Más bien predominaron unos u otros géneros en cada tipo de conjunto. Diferencia que se profundizó, en repertorio e instrumentación, años más tarde.

Oscar Rorra fue elegido cantor de la orquesta de un concurso de composición auspiciado por cigarrillos Tango12 en Buenos Aires, en 192213. Y fue, por tanto, quien estrenó los tangos ganadores: El ramito, Sobre el pucho, La mentirosa y Midinette porteña, grabados inmediatamente por Gardel14.


Foto Silva, posiblemente de 1938


Pero no cantó exclusivamente tangos, como laburante del carnaval, Rorra tuvo en su repertorio varias maxixas, shimmys y fox-trots, algunas de las cuales quedaron grabadas junto a la Jazz Band de Adolfo Carabelli.


El apodo

Caruso negro: dos versiones explican su nacimiento. Eran años de racismo explícito, en los cuales los artistas negros podían verse apodados con una referencia a lo blanco, como el Paganini negro o la Venus de ébano.

El historiador del tango Horacio Loriente rastreó que cuando Enrico Caruso actuó en Montevideo, Rorra trabajaba en el Café Italiano de Donato Pascale, en 18 de Julio y Río Branco, por un peso la noche. Cuenta su crónica que en agosto de 1915 el italiano se presentó en los teatros Solís y Urquiza, interpretando en esta última sala la ópera I Pagliacci, de Ruggero Leoncavallo. En aquel momento Pascale le ofreció a Rorra cincuenta centésimos más para que interpretara algunas de sus arias en el café, y allí nació el apodo15.

Sirva recordar la popularidad que entonces gozaba esa ópera en Montevideo: Vesti la giubba, su célebre aria, se encontraba extendida en todos los estratos sociales. Ramón El Loro Collazo (1901-1981), por ejemplo, la mencionó en sus memorias de juventud16, cantada por un limpiador de pisos en el Bajo montevideano, aquel submundo orillero y prostibular.

Otra historia contaba Amanda, hija del cantor. Su padre, un buen día, salió con sus amigos a comer, no tenían plata para pagar y los llevaron a lavar los platos. Rorra, entre tanto, se puso a cantar, y la gente comentó: -“Si canta como Caruso... Sí, pero es negro17.

Nacido en Nápoles en 1873, Enrico Caruso ingresó tempranamente en los teatros rioplatenses. Actuando en Buenos Aires ya desde 1899, ciudad a la que mantuvo periódicos regresos.

La popularidad del repertorio operístico, las actuaciones del italiano en Montevideo en 1903, 1915 y 191718, y la oportunidad laboral que significaba su interpretación, fueron llevando a Rorra a incluir en sus presentaciones algunas arias de la lírica europea. Durante la guerra civil española, luego de haber presenciado una balacera que la milicia franquista desataba contra los civiles, se dijo a sí mismo que no cantaría más las músicas de los opresores de los pueblos. Aunque queda por aclarar a qué refiere puntualmente la anécdota, pensamos que podría tratarse de su abandono del repertorio lírico19.

Registros y olvidos

De acomodar varios puntos en las íes de la historia se encargó Horacio Loriente en 199020, en una nota de prensa luego incluida en su libro Ochenta notas de tango. Escribió su artículo apoyándose fundamentalmente en los que el cronista Raúl A. Durante (El Pardo Flores), publicó en Montevideo desde la vuelta de Rorra al Río de la Plata21.

No es sencillo encontrar material de divulgación sobre su figura, o escuchar sus escasas grabaciones; tanto como acceder a sus fotografías, algunas tomadas en Montevideo por Víctor Modesto Ocampo Vilaza (1881-1960), y alguna otra por José María Silva (1897-2001).

Escucharlo, o volverlo a escuchar, es el modo de encontrar su obra. Quien lo haga, deberá sopesar el extrañamiento estético que el paso de los años pueda producirle. Al tango Triste regreso, por Oscar Rorra, se lo puede escuchar en la página de internet: www.todotango.com

Todos los registros conocidos datan de 1925, lo que permite formarse una idea sincrónica de su trabajo22. A sus treinta y cinco años era un tenor de eficaz manejo del registro medio y agudo, que por momentos enflaquece el sonido en finales de frase de registro grave. Su resultado sonoro es penetrante y ligeramente nasal. Debe destacarse la opción por un timbre personal y un modo discreto y expresivo de interpretación. Es notable su sobriedad en Triste regreso, actitud verosímil al tratarse de un tango de versos serios y arrepentidos.

Al cantor se le deslizan, en tangos, maxixas y shimmys, recursos que podrían provenir del canto lírico italiano. Lo que es comprensible por su incursión en esa tradición desde hacía -al menos- diez años; y en que el estilo italiano, quizás, fuera uno de los modelos de canto exigido por su público.

Probablemente a ese tipo de transacción estética entre público e intérprete, se refería el musicólogo Carlos Vega, cuando señaló en Antecedentes y contorno de Gardel, de 1966, que el mismo público que aplaudió la sobriedad y maravillosa regulación de tensión y volumen del Zorzal, le exigió recursos “de evidente mal gusto, como los portamentos largos, los calderones de ópera, la aceleración inadecuada, y los mordentes, apoyaturas y grupetos tan extraños a la música tradicional y al tango mismo”23.

En Rorra los portamentos, así como los breves ornamentos en las cadencias, pueden orientar la memoria auditiva al repertorio que la inmigración y las compañías italianas traían consigo. Idéntico origen podríamos plantear a su potente emisión en el shimmy Amor de pierrot.

Es notorio que Oscar Rorra es una figura marginada del gran relato del tango. El investigador argentino Nestor Pinsón, opinó que Rorra, apodado “El Caruso negro, [tenía] demasiado pomposo el apelativo, quizás puesto en broma, porque en realidad era apenas mediocre”24. Pero si consideramos que su recepción por el público próximo a 1925 fue buena, o muy buena; que el periodista de la época Raúl A. Durante refirió que “sus triunfos del 24 al 25 no fueron nunca superados”25 y que participó de espacios de actuación junto a figuras hoy consideradas decisivas en nuestra música popular; parecería que este planteo no podría explicar de manera suficiente su exclusión.

No conocemos aun si grabó durante su estadía europea, posibilidad que no debemos descartar. Según planteó Loriente26, existen ocho grabaciones comerciales editadas por el sello Victor, en Buenos Aires:

Título

Autores

Género

Orquesta

Año


Número de serie

Número de toma

Un real al 69

S. Granata

tango

Antonio Scatasso

1925

79552

596

Triste regreso

A. Tanturi - F. G. Jiménez

tango

Antonio Scatasso

1925

79552

597-(2)

Recuerdos de arrabal

E. Pereyra

tango

Eduardo Pereyra

1925

79586

--

Cruel mujer

A. C. Senez - A. Sierra

tango

Eduardo Pereyra

1925

79586

--

Modistita

C. Matino - E. C. Sotelo

tango

Eduardo Pereyra

1925

79585

653-(2)

Amor de pierrot

S. Granata

shimmy

Adolfo Carabelli Jazz Band

1925

79585

582

Monerías

S. Granata

maxixa

Adolfo Carabelli Jazz Band

1925

79541

572

Noé... Noé...

S. Granata

shimmy

Adolfo Carabelli Jazz Band

1925

79542

576

Grabaciones de Oscar Rorra, datos proporcionados por Boris Puga.

Su vida se fue epilogando en caminos nuevos, un Oscar Rorra algo envejecido actuó en la película argentina Rosa de América (1946), con guión de Homero Manzi. En un papel de negro esclavizado que está dando sus últimos suspiros. Yace en un catre mientras Santa Rosa de Lima lo consuela27.


Recuerdos de una actuación

Eva Scherschener dejó un testimonio sobre el cantor en su novela La familia Levi (Editorial Graffiti. Montevideo, 1994). La obra sucede en el Montevideo de 1920. En sus años de jovencita, el Parque Rodó era el lugar de esparcimiento preferido de muchas familias. En esta página de La familia Levi, el músico lleva el protagónico:

Fueron recorriendo los distintos recreos familiares [del Parque Rodó], hasta dar con el llamado “Brisas del Plata”; ella se puso a leer la cartelera que anunciaba el espectáculo de la tarde. “Curro y Carmencita”, bailarines flamencos; Rosita Quiroga, “La voz del arrabal”. Por último, con caracteres rojos, destacaban a la estrella de la compañía: “Nuestro incomparable “Caruso negro””. [...] Por fin le llegó el turno [...]. Era un moreno apuesto, que llevaba un frac con suma elegancia. El público lo aplaudía y él agradecía inclinando la cabeza con una sonrisa simpática. Su primer número, el tango de moda. -Garufa... pucha que sos divertido... Su voz tenía un timbre abaritonado, que él emitía con acierto al darle ese matiz sobrador que la pieza requería. Después cantó otro tango sentimental. -Galleguita... Lo interpretó con gran sensibilidad sin recargar el tono” (p. 61).


La niña que lo esperó

Amanda Rorra (Montevideo, 1924 - 2005), hija del cantor y de Carolina Acosta (1897-1979), fue dirigente del movimiento social afromontevideano. Tomamos fragmentos de una entrevista a ella realizada, publicada por Teresa Porzecanski y Beatriz Santos en Historias de Exclusión: Afrodescendientes en el Uruguay (Linardi y Risso. Montevideo, 2006), donde evocó a su padre. Amanda es recordada como una gran narradora oral. Como tal, debe tener su relato, su razón y su sazón:

Mi papá vendía números de lotería. [...] La vida de mi padre fue una vida muy especial. Escapó de su casa, quedó huérfano y se escapó, y fue a vivir en el Mercado de la calle Reconquista. [...] Mi padre era un hombre muy divertido. Un día se decidió llevar a unos amigos a comer a un restaurante y los invitó a comer y no tenían plata para pagar, entonces el dueño lo puso en la cocina a lavar los platos. Él se subió arriba de la mesa y empezó a zapatear y a cantar. Una de las personas que estaba allí decía: “Pero si canta como un Caruso, el Caruso negro[...] [Luego] hizo un contrato para irse a España. [...] Y allá fue donde empezó a crear mucho más nombre, porque estuvo en la guerra, cuando la guerra de Etiopía y cantó para los soldados. [...] Hizo Espectáculos con Josephine Baker, con la que eran muy amigos, y de vez en cuando, nosotros sabíamos por los diarios de la vida de él. [...] Mi padre terminó siendo dueño de una boite y un hotel allá en España, pero cuando vino la guerra, él estuvo de parte de los guerrilleros. Y pidieron su captura. Y los grupos clandestinos lo sacaron de España y nos avisaron que él llegaba en el “Bella Isla”, un barco muy grande, pero que no avisáramos a nadie porque venía como refugiado. Cuando nosotros llegamos al puerto él salió a la borda a saludarnos y volvió a entrar. La policía lo impidió, subió y lo detuvo, porque ya había llegado la orden de Franco de que fuera nuevamente deportado. Lo llevaron a Jefatura marítima para tomarle declaraciones y una de las personas que le estaba tomando declaraciones, lo conocía a mi padre, lo había visto cantar en el Parque Rodó cuando era joven. Y entonces, lo dejó libre. [...] De vez en cuando, en el diario El Plata, salían noticias de que “el Caruso negro estaba triunfando”, de que el Caruso negro había ido para tal o cual lado, pero mi padre también tuvo sus malos momentos. Él estuvo con Gardel, vivían todos en una pieza con Tito Luziardo [sic], y le arreglaban al Caruso negro peleas en la calle, porque mi padre también fue boxeador. Entre las cosas que hizo, fue boxeador. Y Tito Luziardo hacía espectáculos de baile, en las calles de Francia para tener para la comida, y Gardel cantaba. Lo hacían en la calle, se amontonaba gente, y recogían dinero” (pp. 79-84).


Agradezco a Amanda Espinosa, Amanda Díaz y Javier Díaz, por compartir sus ideas, recuerdos y archivo; y a Boris Puga y Coriún Aharonián, las conversaciones sobre la música rioplatense.


1Hijo de Mamerto Rorra y Josefina Carral. Nació en la calle Colonia nº 120, inscripto el 24 de agosto de 1890 como hijo natural del primero, legitimado por ambos en julio de 1898, según su partida de nacimiento. El documento no contiene referencia de abuelos.

2Horacio Loriente. Ochenta notas de tango. Perfiles biográficos. Ediciones de la Plaza. Montevideo, 1998. pp. 281-283.

3Según su partida de nacimiento.

4Horacio Loriente, op. cit.

5id.

6 Recorte de prensa s/d. Imparcial (?). Montevideo. Tiene impresa la fecha: Sábado, 30-IV-1927, y titula: “Fiesta del tango realizada en honor de Rosita Quiroga fue, también, motivo de deleitación para los numerosos oyentes de la radio Imparcial”.

7 La vanguardia. Barcelona. Domingo, 28-VI-1936, p. 4. Puede consultarse por internet, en la hemeroteca de La Vanguardia.

8 Recorte de prensa s/d. La Mañana (?). Montevideo. Tiene escrita a mano la fecha: Jueves, 19-V-1938. Nota firmada por R. A. D.

9 Marita Fornaro y Samuel Sztern. Música popular e imagen gráfica en Uruguay. 1920-1940. CSIC, EUM, ENBA. Montevideo, s/f. pp. 60-61.

10 Luis Adolfo Sierra. Vicente Greco. En: La historia del tango. V. 4, Corregidor. Buenos Aires, 1977. p. 534.

11 id.

12 Escribió Andrés Carretero en su Breve historia del tango: “Ya antes de 1913 se venían realizando concursos, pero es a partir de ese año que adquirieron mayor importancia pues una importante parte de la sociedad estaba aceptando al tango como una música normal y cotidiana. La euforia de estos concursos fue en aumento. Así en 1922 tuvo gran resonancia el concurso organizado por la marca de cigarrillos Tango, premiando a El Ramito, Sobre el pucho, Mentirosa y Midinette Porteña, en orden decreciente. La calidad de esas composiciones quedó consagrada al grabarlas Carlos Gardel, que tenía una gran intuición para seleccionar las piezas de su repertorio. Otro concurso destacado fue el organizado por Max Glückmann [sic] en 1924, en el que triunfaron Sentimiento gaucho, Pa´ que te acordés, Organito de la tarde y Con toda el alma”. Puede consultarse por internet en: http://www.gardelweb.com/historia-del-tango.htm

13 Escribió José Gobello acerca de Sobre el pucho: “Versos de José González Castillo sobre una música previa de Sebastián Piana. Obtuvo el segundo premio en el concurso abierto, en 1922, por los cigarrillos Tango. Lo estrenó, en esa oportunidad, el cantor uruguayo apodado El Caruso Negro”. En: Tango pasión argentina. Letras de tangos. Selección (1897-1994). Centro Editor de Cultura. Buenos Aires, 1999. p. 49. Si estrenó el segundo premio, y fue el cantor de la orquesta del concurso, dirigida por Alfonso Ramiro Lacueva, deducimos que Rorra también estrenó los otros temas premiados.

14En 1923. Con excepción de La mentirosa, grabada en 1924.

15Horacio Loriente, op. cit.

16Ramón Collazo. Historias del Bajo. Alfa. Montevideo, 1967. p. 66.

17Fuente oral: Amanda Espinosa y Marta Da Silva.

18El País. Montevideo, 22-VI-1980. “Todos los que se fueron”. [Nota sobre el libro inédito de José Clerici, Un siglo de óperas en Montevideo].

19Fuente oral: Amanda Díaz.

20 El País de los domingos. Montevideo. 7-X-1990, p. 14.

21 También Eduardo Freda investigó hacia la década de 1960 la figura de Oscar Rorra.

22 Como dato diacrónico contamos con el juicio del cronista: “cantó [...] con la misma hermosa voz que lo hacía ocho años atrás. ¿Con la misma? No; Caruso Negro hoy canta mejor. / En su viaje ha ganado dinero, sí; pero se ha preocupado, también, de perfeccionarse”. Recorte de prensa s/d. La Mañana (?). Montevideo. Tiene escrita a mano la fecha: Jueves, 19-V-1938. Nota firmada por R. A. D.

23Carlos Vega. Antecedentes y contorno de Gardel. En: anexos de Estudios para Los orígenes del tango argentino. Educa. Buenos Aires, 2007. p. 195

24Puede consultarse en: http://www.todotango.com/spanish/creadores/ascatasso.asp

25Recorte de prensa s/d. Crónica tras la muerte de Rorra, firmada por El Pardo Flores. La Mañana (?). ca. IV-1950.

26 Horacio Loriente, op. cit.

27Su nombre no aparece en los créditos del filme.

jueves, 28 de abril de 2011

Las partituras - (Recursos web)

___________________________________________Variations II John Cage (1962)






Artículos 

AAVV (2007) Actas del I Encuentro Iberoamericano sobre Paisajes Sonoros.
Madrid. 12 al 15 de junio de 2007.
Aquí


AAVV
(2005) Espacios sonoros, tecnopolítica y vida cotidiana. Aproximaciones a una antropología sonora. Edición de la Orquestra del Caos con motivo del Festival Zeppelin.Aquí


Fernando Acevedo
(2009) El metal y la escoria: patrimonio, legitimación, patrimonización. Reflexiones desde un trabajo de campo en Minas de Corrales. Estudios Históricos – CDHRP- Nº 1, ISSN: 1688 – 5317

patrimonio / determinación de lo material por lo simbólico / epistemología
Aquí


Llorenç Barbe y Montserrat Palacios (2009) Entrevistados en el programa de radio español "Ars-sonora" por su conductor Miguel Álvarez-Fernández.

Historias de paisajes sonoros, músicas y músicos; mientras presentan su libro La mosca tras la oreja. De la música experimental al arte sonoro.
Aquí


Mariana Berta (2008) Informe sobre las “piedras campana” del Arroyo de la Virgen en Uruguay. Revista Musical Chilena, Año LXII, Julio-Diciembre, 2008, N° 210, pp. 39-45
Aquí


Chiu Longina (2009) Entrevistado por Barbara Fachal Santos sobre el proyecto Escoitar.org y las armas acústicas.

estudios "aurales"/ características y usos políticos del sonido/ sonidos "de pertenencia" / denuncia a la historiografía oficial / proyección hacia el futuro con perspectiva del pasado / recuperación y conservación del sonido / armas acústicas / presbiacusia / himnos nacionales
Aquí


Federico Miyara (2001) Paradigmas para la investigación de las molestias por ruido. 1as Jornadas Sobre el Ruido y sus consecuencias en la Salud de la Población. Buenos Aires, 8 al 10 de Agosto de 2001.
Aquí


Hildegard Westerkamp (2002) Bauhaus y estudios sobre el paisaje sonoro. Explorando conexiones y diferencias.

muzak / paisaje sonoro / Brasilia
Aquí

sábado, 5 de diciembre de 2009

Paisajes sonoros montevideanos en la evocación II

Sonidos de Pocitos a comienzos del siglo XX.
Johannes Stenger, 2009

Vista de Pocitos, 1917

Pueblo de los Pocitos (Banda Oriental, 1969) libro de Guillermo García Moyano (1896-1983), nos presenta sus memorias sobre lo que fuera la experiencia auditiva en el Pocitos de su niñez. Su relato comienza con un movimiento atípico para los montevideanos de entonces: mudarse del Centro a Pocitos. Tenía ocho años cuando su familia llevó sus pertenencias en carretilla al pueblo de lavanderas e inmigrantes italianos. En una nota introductoria leemos: "Era un pequeño pueblo, de veinte a treinta manzanas, aldea de buenas gentes, de costumbres simples, tranvías a caballo y faroles a kerosene, cuando, muy niño aun, me hice su pueblerino, allá por 1904”. Y agrega: “El recuerdo de los diez primeros años de mi vida en el pueblo, se mantuvo muy vivo en mi. En el tiempo que vino después, he temido que se desdibujara o se esfumara en mi memoria. Finalmente, sacudiendo mi indolencia, he escrito estos relatos". Aclaración que resulta valiosa, remitiéndonos a la fiabilidad de los datos vertidos. Se trata del propio conocimiento de la memoria de quien testimonia; recuerda y juzga que su recuerdo “se mantuvo muy vivo”. Si como abogado esto en alguna medida lo interpelaba, como memorialista también. Tenía 73 años cuando editó “El pueblo de los Pocitos”. Amén de varios textos sobre derecho escribió las memorias "Crónica de un viaje en diligencia" y "La Universidad Vieja".

En 100 páginas recorre una década (desde 1904 a 1914). Tiempos de cambios en el mundo, el país, el pueblo y en el niño que estaba en aquel momento por largar los pantalones cortos.

Ruido a mar.

Habíamos alquilado, por muy poco dinero, la vieja casona esquina, de ocho grandes piezas, gran patio jardín en el medio, amplia puerta-cochera por la otra calle, y mucho ruido a mar.” (1969: 15) Era en los médanos de la calle Francisco Vidal.

Pero, lo que nos enloquecía, -gustándonos, por supuesto,- era aquel ruido del mar, de día y de noche. Un ruido para nosotros nuevo. Se nos metía también en la nariz, el olor a mar (…) [aquello era] una especie de aventura oceánica.” (:15)

Las noches eran todavía templadas. Me despertaba temprano, demasiado temprano, y por la ventana abierta oía entrar los primeros ruidos de la calle. Y entraba también el ruido del mar, siempre aquel ruido del mar, que en las mañanas serenas era una sinfonía muy monótona, como para ser oída desde cerca; música de arrastre, repetida y repetida. Música que se producía al romper la ola y avanzar, revolviendo los cantos rodados echados y llevados en la playa.” (:52)

Sonidos al despertar.

Desde la cama, medio oscuro aún, adivinaba la mañana, clara, limpia, serena. El oído pronto se acostumbraba a diferenciar todos los ruidos. Ruido del carro del primer lechero, llantas de metal y herraduras del jamelgo en chispas contra el empedrado de cuña de la calle Pereyra. Fusionado, metálicamente, con el ruido inconfundible de los golpes en las tapas de los tarros grandes de leche ¡Cómo tenían que golpear aquella mañana, con un hierro bastante pesado, -¿una herradura vieja quizás? –la tapa rebelde, acribillada sin duda de abolladuras!” (:52)

Un poco más tarde, a las siete, empezaba el pasaje de las carretillas, en el trasiego de la arena de las “empalizadas”. Y también a esa hora ya salía, infaltablemente al aire, como tintineo de pueblo, el canto diario del hierro golpeado que bajaba de la herrería de Fu-Fu, en la esquina de Chucarro, dos cuadras cuesta arriba, donde el tranvía hacía su curva. De todos aquellos ruidos, éste era el que llegaba más limpio, pasando por todos los tonos. Empezaba cada tiempo en un tintineo agudo, -machacar el hierro frío-, para terminar en golpes de tono grave. Una pausa y empezar de nuevo. Inesperadamente un loco repiqueteo en el agudo, que se entreveraba a veces con el llamado a misa de la campanita de la capilla de don Doménico.” (:52)

Eran los ruidos diarios de la iniciación de la vida pueblerina. Ruidos siempre diferentes uno de otros. Y cuando los barriles rodantes pasaban hacia la playa, tumbos más tumbos, golpeando sus aros de metal en las piedras desparejas de la calle, iba a ser fácil saber, siempre por el ruido, cuando pasaba el tonel grande, de doble aro, del viejo Luigi, arrastrado a los tirones por “Tomasita”, la mula pateadora, famosa en todo el pueblo”. (:52-53)

Cuando aún dormían todos, en aquellas primeras semanas de curiosidad respecto a tanta cosa nueva para mi, mis siete años no resistieron a la tentación de ver cómo se producía el repiqueteo de tan distintos tonos en la herrería de Fu-Fu. (…) repeché aquellas dos cuadras, llevado por el tin tin de la forja cantarina. La calle, apenas transitada, verdeaba de pasto entre las piedras de los costados, junto a las veredas de arena o tierra dura arenosa, (…). En el viejo galpón de zinc que ocupaba todo el solar esquina, la herrería era bien una herrería de pueblo. Aquella mañana el hierro cantaba temprano, porque se estaban cambiando herraduras a dos caballos que enseguida habrían de seguir en el trabajo. Con su grueso pero raído delantal de cuero que le cubría medio cuerpo, el maestro herrero Fu-Fu golpeaba y golpeaba en el yunque una herradura al rojo. (…) Con qué altas voces cantaba el hierro golpeado, dentro de aquel galpón de chapas, caja de resonancia para todos los tonos, que oíamos tan limpiamente desde nuestra casona de la playa! (…)” (:53)

Sonidos al irse a dormir. La muerte de Saravia.

Cerca de media noche y bajo tan tremenda impresión [había muerto Aparicio Saravia], me fui a la cama. Pero, por supuesto que no podía pegar los ojos. A pesar de que tenía que ser muy tarde, como a la una o a las dos de la madrugada. / En la noche serenísima, me pareció oír el ruido del último tranvía al hacer la curva de Chucarro. (Casi todos los días, un hombre de capote amarillo engrasaba, con una grasa negrísima, las vías de la curva; pero de todas maneras las ruedas siempre chirriaban). Muy despierto pues, en aquel silencio absoluto del pueblo dormido, empecé a oír un silvido, un fuerte silbar de persona, que por momentos todavía se intensificaba. De repente se hacía tan fuerte que resultaba estridente. Me parecía que no silbaba nada musicalmente determinado, aunque parecía el silbo pausado, grave y hondamente triste, y -¿porqué no?- hasta algo fúnebre. Aquello no era un silbar improvisado; no era canción, ni ópera. Lo que si era cierto es que aquel hombre silbaba a todo silbar, sin el menor desentono, como haciendo alarde de su arte, para los vecinos dormidos. / El silbido quedaba como suspendido en el aire, indicando el derrotero. Aquella persona había bajado, sin duda, del último tranvía y ya se puso a silbar. Hacia la playa caminó una cuadra y torció por la calle Blanco, como hacia el final de la misma, en el puentecito del arroyo. Su silbar se fue haciendo cada vez más grave y entonces, yo aun no tenía casi contactos con música seria y apenas si sabía los nombres de Beethoven y Bach. Pero en aquella noche fuertemente desvelada por la muerte de Saravia, el silbar de aquel desconocido me sonó, y quedó resonando, como una maravillosa canción fúnebre.” (:55-56)

La vecina.

A ciertas horas se oía desde casa la voz, alta y destemplada, de la señora, que ordenaba a la gobernanta: `María, pasador a la puerta y Angioletto y los demás niños adentro´.” (:76)

Pregones.

Vendedores ambulantes bien típicos, que pregonaban con gritos, cantos, y aun con algún instrumento más o menos musical, su mercancía.” (:86)

Los barquilleros, con su triángulo sonoro y su ruleta mágica, llegaban más bien al caer la tarde” (:88) “También se acercaban a la playa los afiladores, con su taller ambulante y su carro singular, sobre una sola rueda. Pienso que todos eran españoles, de los pueblos del mar, que añoraban. Por eso no podían pasar cerca de la playa sin hacer un descanso y mirar el río, que era río como mar. No me olvidaré nunca de uno, -Agenor-, vestido todo de pana, vasco con toda la cara de vasco, magro y seco. Descansaba dándole al mar un maravilloso concierto de su flauta de Pan, de tan preciosas modulaciones. Lo rodeábamos y le hacíamos preguntas, no nos contestaba. Al final, sonreía y seguía su camino.” (:88)

Los verduleros despertaban a los dormilones con su pregón entre gritado y cantado, anunciando hasta el precio de lo que ofrecían. Uno debió ser el precursor de un tango famoso, que apareció años después: “durazno a cuarenta el ciento”… Había muchachitos que con una mano junto a la boca, para la resonancia, cantaban: “Mejillones grandes de la refalosa, a dos vintenes el plato hondo”. Y no faltaban los pescadores, con dos canastos colgantes, -en balancín sobre el hombro- (…) que ofrecían cantando, su “pescado que todavía saltaba. (A veces era verdad.) Pasado medio día a eso de las dos, cuando empezábamos el partido de pelota de goma en la vereda “del Tano”, oíamos allá lejos, todavía a dos o tres cuadras, el pregón de voz aguda del italiano don Stefano.” (…) Pregonaba: “a coi cobre la naranca brasilera, a coi cobre”. (:91)

Una vez por semana aparecía el gordo Claret “Pero ya antes se anunciaba con su pregón” Con acento catalán y con invariable tono altísimo, ofrecía: “Manteles de hule, buenos hules para mesa!” ” (:91)

También entre dos luces salía don Carluccio, el verdulero de la mañana. Salía con su carro y su viejo jamelgo amaestrado, -decía,- porque para que se detuviera sólo tenía que decir: “Chucho, para lo coche”. Pero al caer la tarde (…) ofrecía “Moñatos asados, bien calientes” (…) Llevaba encimados dos tipos de “fainá” (…) Su grito era áspero y corto, pero su voz empastada de barítono quedaba vibrando en el aire: “faináaa…” Lo llamábamos, casi sin verlo, porque ya era noche y cruzaba de vereda a vereda. (…) / Igualmente en la noche el manicero italiano pregonaba en verso su mercancía: “manisito, calientito pa que lo compre lo señorito…” (:91-92)

En las fiestas de San Juan “Como invariablemente hacía frío, todos, y los chicos en primer término, rodeaban la hoguera, cuya base era siempre alguna barrica vieja. Más tarde, luego de coros de chicos y chicas, (...) se sorteaban las “cédulas de San Juan”(…) Pero, para esto, ya antes de mediado de Junio, a media tarde, un hombre había recorrido en cruz las calles, ofreciendo en venta, con pregón vocinglero, un poco cantando “los versos para San Juan y San Pedro para señoritas y caballeros.” (:90)

Sirena de barco.

Poco después de media noche, la sirena del barco, ululando a todo lo que daba, en procura de auxilio, despertó al pueblo entero. La alarma fue general y todos nos levantamos a prisa, dirigiéndonos a la punta donde se ubicaba el sonar de la sirena. La niebla era tan espesa que no se veía nada del barco, ni siquiera las luces que debía tener. / Tan solo aquella voz de la sirena, en una variación de tonos que por momentos la hacía estridente, permitía ubicar, por lo menos de modo aproximado, el lugar del siniestro. Los pescadores opinaban, algunos pensaban que era un buque grande de gran calado (...) no faltaban los que creían que se trataba de un transatlántico, de muy potente bocina (...) Pronto llegaron los auxilios, remolcadores del puerto (...) A todos nos quedó por mucho tiempo el recuerdo de la emoción de aquella bocina pidiendo auxilio en la noche de niebla, cerrada como nunca.” (:104-105)

Campanas.

La capilla estaba a menos de tres cuadras de la casa [se refiere a la calle Francisco Vidal], en la calle Chucarro. Era pequeña y bien pueblerina, sin torre, con sus dos campanitas destempladas que colgaban de una revuelta del muro, todo pintado a la cal. Llamando a misa, sonaban desde hacía rato, con tintineos bien alocados, de campanitas de aldea.” (:24-25)

La Banda Municipal.

En la terraza [del Hotel de los Pocitos, “que era aun todo de madera” (:31)], algunas noches hacía “música seria” -¡hasta Wagner!- la Banda Municipal creada en 1904 y que dirigía, en el quiosco del centro del muelle, con su batuta, para entonces indiscutida, el maestro Aquiles Gubitosi.” (:31)

El dueño del Margarito. (1)

Pero, en el carnaval de un pueblito de raíz italiana, no podían faltar los osos amaestrados, los “margaritos”. (…) Por lo general el dueño del oso llevaba una pandereta que tocaba casi siempre muy mal, pero que servía para que el margarito colectara monedas entre el público que le hacía rueda. Porque era un oso amaestrado que sabía bailar, -con una lógica torpeza- al ritmo de un aire que aquel le marcaba: are are tun, aretún, aretela, are aretúm.” (:37)

El tranvía.

Era permitido cada uno, sin chistar al guarda, hiciera sonar la campanilla para el descenso.” (:40)

Al día siguiente, muy temprano, ya estaban prendidos los ocho caballos; los boleros con su campanita que sonaba ya entre dos luces, al mover los arreos.” (:80)

El cochero, “en general no castigaba a los animales, limitándose a azuzarlos con sus nombres, -“Beba, “Chico”, “Maula” –con silbidos y gruñidos.” (:44)

Trompeta y violín en el tranvía.

En algunas esquinas hacía sonar, como trompeta de caza, un cuerno que llevaba colgado con una cinta, del pescuezo. Conseguía dar un sonido estridente pero pastoso, lindo de oír. / Sentado detrás suyo, viajaba un hombre de cierta edad, con gorra de visera como de portero de hotel. Bordada en letras doradas, dos palabras: “Músico portugués”. En la mano, un violín que tocaba desafinadamente, en ritmo sincopado, quizá por los remezones del tranvía. Era ciego y llevaba anteojos negros. Con voz gangosa de viejo, cantaba cantares de ciego, en portugués. En algunos momentos no le entendíamos bien, pero más tarde sí, cuando cantó unas coplas de romance que empezaban: “Colón fue pescador e Colón fue marinero”. Era sin duda una canción de su tierra, con mucho sabor popular. No pedía dinero, pero era evidente que en el tranvía el músico portugués era muy conocido y no se le cobraba boleto; pero, con simpatía, muchas personas, al bajar, le alcanzaban monedas.” (:45)

En la escuela.

(...) unos muchachotes habían dado unos gritos, contra una de las maestras que afectaban su moral.” (:42)

La Directora ordenaba en alta voz los ejercicios [de gimnasia], que explicaba antes, y marcaba rigurosamente los tiempos en un ritmo acelerado, golpeando con furia con una gruesa regla antigua, -cuyo extremo envolvía en un pañuelo,- en un pedestal de madera.” (:42)

Piedra y herradura.

Era lógico pues que cuando se oía, a dos cuadras, -herradura contra piedra,- el trote o galope del caballo del oficial Bonino, se produjera el súbito desparramo de todos los [jugadores] billardistas.” (:47) Este juego, hoy no vigente en Montevideo, era prohibido por deformar la colocación del empedrado de cuña.

Rechifla en el biógrafo.

Recuerdo perfectamente una documental filmada en Buenos Aires, en la que aparecía el Canciller argentino, el doctor Estanislao Zeballos. (…) en una matiné para gente menuda el Dr. Zeballos se ganaba una formidable rechifla. Incluso con la complicidad del empresario Carranza y del operador, que detenía la máquina en el momento en que el Canciller saludaba, de modo que la rechifla ensordecedora pudiera durar varios minutos.” (:64-65)

Una que sepamos todos.

Pero además, el día de San Juan –también el 20 de Setiembre y otras fechas del santoral-, salía la bandita de músicos italianos. Todos con sus instrumentos de viento que hacían tremolar las guías de sus grandes bigotes. ¿De dónde salían aquellos músicos, todos italianos, que homenajeaban a su “santo patrono” con alguna marchita, muy desentonada, y tocaban, y tocaban frente a las casas, hasta que les alcanzaban algunas monedas o un buen vaso de vino?” (:90)

Sin ningún pudor.

En aquella esquina [Chucarro y Pereyra] de tránsito pueblerino intenso, Miguel [el peluquero, italiano y tartamudo] llevaba el control de todos los que pasaban, en manera especial, de las mujeres. Era frecuente que de improviso suspendiera por un minuto su labor para correrse hasta la puerta, y desde allí lanzara, en su media lengua tartajeante, hispano-napolitana, su requiebro. Aunque fuera de vereda a vereda y lo oyeran los vecinos.” (:100-101)

Luminaria sonora.

1914”(...) ”Hace ya bastante tiempo, dos o tres años, que se fue -parcialmente- inaugurando en el pueblo la Luz Eléctrica. (...) Hasta se hizo, para el reciente Carnaval, una iluminación novedosa, sobre las paredes del Hotel y en la nueva Rambla, con miles de bombitas de colores (...) Algunos de los muchachos sacaban “bombas” de las de abajo y luego quedándose muy serios, las tiraban a los coraceros del Escuadrón, produciendo pequeñas explosiones que hacían encabritar los caballos. Era divertido, pero tenía que hacerse bien, para que no trajera consecuencias” (:104-105)

Del Tipperary a La Marsellesa.

En un comienzo, fue la “guerra europea”. Después, ya fue la guerra mundial. En aquel agosto de 1914 no había otro tema, y en nuestro pueblo de Pocitos -cada vez menos “pueblito” pero siempre ligado en todo a Italia- se opinaba, se discutía vehementemente, se gritaba, en las esquinas, en los almacenes, en el tranvía, sobre cuál debía ser la conducta internacional.”(...) “Me daba rabia que buenos compañeros estudiantes marcharan en las manifestaciones cantando el “Tipperary”, cuando nada teníamos nosotros que ver con los ingleses. La Marsellesa fatalmente me atraía, porque había nacido como un himno revolucionario...” (:110)

Rugidos desde el zoológico.

El espacio auditivo en el que se podía situar un escucha era de gran amplitud: “El primitivo fraccionamiento alcanzaba tan solo hasta el arroyo de los Pocitos. (...) la Mondiola (2) a la derecha (...) Era una zona intermedia que nos ligaba a Villa Dolores. Porque en los Pocitos todo aparecía un poco unido a lo que todavía era la gran quinta y parque zoológico del matrimonio Pereira -Rossell, (...) [sentíamos] Desde el mal olor, -decían que de los lobos-, que algunos días nos traía el viento, hasta el rugido de los leones que en los días calmos oíamos con toda nitidez.” (:92)

Abuelas de la sirena de El Día.

El comienzo de la guerra, -la invasión a Bélgica, la muerte de Miss Cavell,- repercutió en las calles de Montevideo, frente a las pizarras de los diarios, que hacían sonar las sirenas.” (:111) Esta referencia ubica en el año 1914 el sonido de las sirenas de periódicos. Se refiere a “Montevideo”; al centro y no a Pocitos. Que la prensa tuviera sus sirenas, era una costumbre con cierto arraigo en el primer mundo (El Día 1981: 80). Cuando los memoriosos de las últimas décadas recuerdan esto, la sirena de El Día copa el relato. Esta sirena se escuchaba, según nos han comentado, en todo Montevideo. Era una sirena muy potente de faro marino (como la que funcionó en Isla de Flores, según nos comunicó Juan Antonio Varese, o como -por ejemplo- la que continúa funcionando en el faro de Finisterre, Galicia). En 1928 fue colocada en el edificio de 18 de Julio y Yaguarón, año en que sonó por primera vez con motivo de la inauguración del edificio (El Día 1981: 80). Sonó hasta la década del 1980 (o poco más), cada vez que aquel diario consideraba que sucedía un hecho excepcional. Era un editorial sonoro, además de un icono acústico de la ciudad. Esta referencia de García Moyano informa la presencia de sirenas de prensa catorce años antes.

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Fuente:

García Moyano, Guillermo (1969) Pueblo de los Pocitos. Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo.

Referencias:

Ayestarán, Lauro [et all.] (s/f) El tamboril y la comparsa. Arca. Montevideo.

El Día (1981) El Día 1886-1981. 95 años al servicio de la libertad. Artegraf. Montevideo.

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1 María Flor Rodríguez de Ayestarán, Primera Bailarina del SODRE y coreógrafa, comenta: “Como curiosidad histórica quiero hablar de un personaje singular que en el pasado de nuestros carnavales frecuentaba el desfile y los tablados. Lauro Ayestarán recordaba los versos que cantaba, en falso sonsonete, un dueño de oso carnavalesco: Gargaretún Gaetún, / Garetela, / Baila mi oso / Y muere de pena / Gargaretún Gaetún, / Gargaretica, Salta mi oso / Y ya resucita...” / Con una cadena sujeta a su cuello un muchacho, disfrazado de oso, bailaba, moría, y resucitaba ante la divertida mirada de los espectadores. En mi niñez, yo recuerdo que la muerte del animal, sobre todo si era un oso verdadero, -que los había-, me causaba honda inquietud. Ya fuese un muchacho disfrazado o un oso verdadero, este personaje era llamado indefectiblemente Oso Margarita y puedo asegurar que ha sido uno de los personajes más simpáticos y tocantes del carnaval uruguayo. En 1978, durante el desfile oficial, paseaba un hombre disfrazado de oso; pero iba solo, sin dueño, sin baile, sin muerte y sin resurrección. Quizá tampoco tuviera conocimiento de su antepasado, Margarita.” (Ayestarán, L. s/f :93-94) Rodríguez rastreó antecedentes europeos y de India. Estos osos eran presentados por juglares en Francia y así se les llamó: “Oso de Juglar”. Recuerda que los ritos que simbolizan la Muerte y Resurrección “han sido las bases fundamentales de la danza a través de los siglos.” (s/f : 94)

2 “De la “Mondiola” salían buenos jugadores de fútbol, buenos boxeadores, y buenos tamborileros.” (:93)